Hay momentos de la historia que parecen quedar lejos hasta que el presente vuelve a ponerlos delante de nosotros. Y quizás por eso, en la Argentina de hoy, recordar a José de San Martín no debería ser solamente cumplir con una fecha del calendario. Debería obligarnos a pensar qué significaban para aquella generación palabras como libertad, independencia, Patria y soberanía, y preguntarnos cuánto significan para nosotros más de doscientos años después.
Cuando San Martín cruzó los Andes en 1817, Chile todavía luchaba por consolidar su independencia. Cuando llegó al Perú en 1820, aquel territorio seguía siendo el Virreinato del Perú, uno de los principales centros del poder español en América. Las naciones que hoy conocemos estaban naciendo y sus fronteras todavía no tenían la forma actual. San Martín no atravesó países para conquistar territorios: atravesó una América en revolución para contribuir a liberar pueblos.
Había comprendido algo fundamental: no alcanzaba con declarar la independencia de las Provincias Unidas. Mientras una potencia extranjera conservara la capacidad de condicionar el destino del continente, aquella libertad seguiría estando amenazada. Por eso organizó el Ejército de los Andes, atravesó una de las geografías más difíciles del mundo y llevó adelante una campaña que parecía imposible. No buscaba riquezas ni territorios. Entendía que había algo por encima de los intereses individuales: la libertad de un pueblo y la soberanía de una Nación.
Más de dos siglos después, aquellas ideas vuelven a resonar en una Argentina atravesada por profundas discusiones sobre su rumbo. Bajo el gobierno de Javier Milei volvemos a debatir qué hacemos con nuestros recursos naturales, nuestra energía, nuestras empresas estratégicas, nuestras tierras y nuestro patrimonio; qué relación queremos tener con las grandes potencias y los organismos internacionales y, fundamentalmente, cuánto estamos dispuestos a conservar de nuestra capacidad soberana para decidir nuestro propio futuro.
Porque un país puede independizarse y volver a depender. Puede conservar su bandera, cantar su himno y elegir sus autoridades, pero si pierde la capacidad de decidir sobre aquello que determina el destino de su pueblo, la independencia empieza a vaciarse de contenido. Las formas de dependencia del siglo XXI ya no necesitan virreyes ni ejércitos ocupando nuestras ciudades. Pueden expresarse a través del endeudamiento, los condicionamientos económicos, la pérdida de capacidades estratégicas o decisiones que colocan intereses externos por encima de los nacionales.
Por eso aquella frase de San Martín conserva una vigencia extraordinaria: “Seamos libres, que lo demás no importa nada.”
Ser libres no significa aislarnos del mundo. Significa relacionarnos con el mundo de pie. Defender nuestra producción, nuestros trabajadores, nuestra energía, nuestros recursos y nuestro territorio. Cooperar sin subordinarnos, comerciar sin entregar y crecer sin resignar soberanía.
San Martín entendió que existía una causa superior a los hombres y a sus ambiciones: la Patria. Y tal vez por eso, más de dos siglos después, su figura todavía nos enfrenta a una pregunta incómodamente actual: ¿qué significa ser independientes si las decisiones fundamentales sobre nuestro destino terminan condicionadas fuera de nuestra Patria?
Este 17 de agosto no alcanza con recordar al Libertador. También debemos mirarnos como Nación. Aquella generación luchó para dejarnos una tierra libre. A nosotros nos corresponde decidir qué hacemos con esa libertad.
Los gobiernos pasan. Los nombres pasan. Las épocas cambian. Las formas de dependencia también.
Pero la Patria queda.
“SEAMOS LIBRES, QUE LO DEMÁS NO IMPORTA NADA.” 🇦🇷
SINDICATO REGIONAL DE LUZ Y FUERZA DE LA PATAGONIA