
Nos detenemos 90 minutos como Argentinos
Y es increíble lo que somos capaces de hacer por esos 90 minutos. El almacenero fía una cerveza más porque sabe que juega la Selección. El padre compra unos choris o arma una picada, aunque la tarjeta de crédito ya no tenga margen. «Después veremos cómo hacemos», se dice. Porque hoy juegan los colores que ama desde que era chico. La mamá prepara la mesa con lo que hay. Los chicos buscan la camiseta. La bandera vuelve a salir del cajón y aparece en el balcón, en el auto o colgada en una ventana. Se repite la misma cábala de siempre, como si pudiera cambiar el destino de una pelota. Y durante 90 minutos somos felices. Nos abrazamos con desconocidos.

