El sentido común siempre fue la base compartida que nos permitió convivir, reconocernos y construir comunidad. No se trata solo de cuidarnos a nosotros mismos, sino también de asumir responsabilidad por los demás. Quien no logra afirmarse en su propio terreno, difícilmente pueda tender la mano de manera genuina y solidaria. Por eso, el sentido común es también la raíz de la solidaridad, de la cooperación y de toda forma de organización social y popular.
Hoy vivimos tiempos convulsos. La política del actual gobierno, que bajo la bandera de la “libertad individual” y el achicamiento del Estado pretende imponer la lógica del “sálvese quien pueda”, erosiona esos lazos de comunidad que tanto nos han sostenido como pueblo. Se nos empuja a un individualismo feroz, a la competencia permanente y a la autoexplotación disfrazada de meritocracia. En ese clima, el otro deja de ser alguien con quien compartir y se transforma en un obstáculo o en un enemigo, en soledad y preso de libertad hasta elegir morir, eso sí, en libertad.
La Argentina, con toda su historia de solidaridad y organización obrera, se enfrenta a un desafío enorme: sostener la noción de comunidad cuando nos quieren reducir a meros consumidores, a piezas de un mercado. En vez de valorar las diferencias como riqueza, se las presenta como divisiones. El “nosotros”, corre el riesgo de perder su fuerza integradora para convertirse en un muro de exclusión, pero en libertad de elección, podes decidir hasta morir en libertad.
Hoy más que nunca necesitamos recuperar el sentido común en su raíz humanista: pensar en el otro no como amenaza, sino como oportunidad de crecer juntos. Solo en la vida compartida se construye empatía, amistad, comunidad y verdadera justicia social.
Defender la solidaridad frente a la cultura del “yo aislado” es un acto de resistencia. Porque mientras los gobiernos promueve un individualismo que se desentiende de los jubilados, de los enfermos, de hospitales como el Garrahan, como así mismos en los hospitales a lo largo y ancho de nuestra patria y de los que menos tienen y del propio laburante; de los jubilados que también tienen la libertad de morirse de hambre o por enfermedad, nosotros sabemos que un pueblo sin comunidad organizada, es un pueblo condenado al abandono, pero con libertad.
Y algo más: junto a ese abandono social se juega también la entrega territorial y geopolítica de la Patagonia.
Se está permitiendo que tierras extensas pasen a manos extranjeras sin los controles necesarios; que recursos estratégicos —como agua, litio, minerales, petróleo— sean explotados con poco y nada de beneficio real para las comunidades y provincias que los resguardan; que decisiones legales de exención, concesión y flexibilización agraven la pérdida de soberanía total o parcial sobre lo que nos pertenece a todos los argentinos y a la nación argentina.
Pero cada vez que elegimos tender un puente y no un muro, la vida se expande. Cada vez que priorizamos el bien común sobre la mezquindad de individualismo, encendemos una chispa que ilumina más allá de nosotros mismos. Y esa luz y fuerza colectiva es la que nos guía, la que nos devuelve la fuerza para transformar la realidad.
El desafío es político, pero también profundamente cristiano, humano y espiritual, cultural, se trata de no resignarnos al odio y egoísmo que quieren imponernos. Se trata de recuperar la certeza de que solo juntos y unidos, en comunidad, podremos vencer al odio y a la violencia, la desigualdad y la exclusión. El porvenir no está escrito: depende de nuestra capacidad de elegir la unión sobre la división, la justicia sobre la indiferencia, la esperanza sobre el miedo.
Ese es el verdadero sentido común, aunque no sea el más común de los sentidos, que nos convoca e interpela hoy: volver a creer en el otro para volver a creer en nosotros mismos como pueblo, como sociedad.
Héctor Rubén González
Secretario General
Sindicato Regional de Luz y Fuerza de la Patagonia