Carnaval, máscaras y poder en la Argentina
En días de carnaval, cuando abundan las máscaras y el ruido distrae, conviene decirlo sin vueltas:
mientras una parte del país descansa, el poder avanza.
No es casual.
Los retrocesos más profundos casi siempre entran en feriado, en silencio o protegidos por una prensa afín que mira para otro lado.
La Patagonia no está de fiesta.
Está en desguace.
Empresas estratégicas que nacieron en esta región y fueron motor del desarrollo nacional se retiran sin planificación ni responsabilidad social.
La salida de YPF de territorios donde se forjó no es modernización: es abandono del Estado y renuncia a una Argentina federal y soberana.
El alineamiento automático del gobierno de Javier Milei con los Estados Unidos se presenta como pragmatismo, pero en los hechos es subordinación.
Se negocia desde la urgencia y se decide sin debate público, incluso cuando están en juego recursos, logística y posiciones estratégicas.
La cesión del puerto en Tierra del Fuego es una señal alarmante: un punto clave para el Atlántico Sur y la proyección antártica tratado como mercancía, sin mirada soberana ni control democrático.
Pero el corazón del modelo se discute por estos días en el Congreso de la Nación, con una reforma laboral que ya obtuvo media sanción y avanza hacia su tratamiento definitivo.
Una reforma que no nació del diálogo social ni del consenso.
Una reforma que no protege al trabajador, sino que lo expone.
Entre sus puntos más graves, se habilita un esquema donde enfermarse deja de ser un derecho protegido:
si un trabajador falta por razones de salud, puede perder hasta el 50% de su salario.
No se castiga el abuso: se castiga la enfermedad.
No se premia el esfuerzo: se penaliza el cuerpo que no aguanta más.
Esto no es modernización laboral.
Es disciplinamiento por hambre.
Es obligar a trabajar enfermo para no perder el sustento.
Es convertir la salud en un lujo y el salario en una amenaza permanente.
La reforma también debilita convenios colectivos, abarata despidos y corre todo el riesgo hacia un solo lado.
El trabajador siempre pierde; el empleador siempre gana.
Esa es la verdadera “libertad” que se promueve.
Mientras tanto, otros temas pasan de largo en gran parte de la prensa afín:
el escándalo de LIBRA, todavía sin explicaciones claras;
el retroceso en el acceso a medicamentos y el regreso de esquemas de compra que vuelven a poner en riesgo a jubilados y sectores vulnerables;
la retirada del Estado de áreas sensibles, siempre bajo el mismo dogma: ajustar donde duele y proteger donde hay negocios.
Nada de esto es aislado.
Es un proyecto coherente de país sin derechos, sin territorio y sin trabajadores organizados.
Por eso la pregunta no es ingenua:
¿vamos a seguir el desfile como ovejas, o vamos a asumir la responsabilidad histórica de conducir como pastores?
El movimiento obrero organizado no nació para aplaudir mientras se entrega el país.
Nació para poner límites cuando el poder se desentiende del pueblo.
Defender el Convenio Colectivo es defender la vida cotidiana.
Defender la salud del trabajador es defender la dignidad.
Defender la Patagonia es defender la Argentina.
En carnaval sobran disfraces.
Pero la historia no se escribe con máscaras.
No somos rebaño.
Somos organización, memoria y lucha.