El 2 de abril no es una fecha más en nuestro calendario. Es un grito de memoria, un llamado de justicia, una herida abierta en la historia argentina. Hace 43 años, jóvenes soldados, en su mayoría apenas salidos de la adolescencia, fueron enviados a defender lo que por derecho y por historia nos pertenece: las Islas Malvinas. Fueron arrojados al frío, al hambre, a la soledad del combate, mientras una dictadura perversa usaba su sacrificio como último intento de perpetuarse en el poder.
No podemos olvidar a quienes combatieron con honor en una guerra desigual, enfrentando al poder imperial con apenas el coraje como escudo. No podemos olvidar a quienes nunca volvieron, a quienes quedaron en las islas, a quienes volvieron y fueron condenados al silencio y al abandono. La deuda con ellos es eterna.
Hoy, en tiempos de desmalvinización deliberada, de traiciones disfrazadas de diplomacia, de intereses foráneos infiltrados en nuestra política y nuestra economía, es más urgente que nunca reafirmar nuestro compromiso con la memoria, la verdad y la justicia. No basta con recordar un día al año. Malvinas no es una efeméride, es una causa nacional. Es la expresión de nuestra dignidad como pueblo. Es la prueba de que el colonialismo sigue vivo y que la lucha por la soberanía no terminó.
Argentina ha reclamado la soberanía de las Malvinas desde hace 192 años. Las heredamos de España tras la independencia y reafirmamos nuestra presencia con actos concretos, como la toma de posesión por David Jewett en 1820 y el establecimiento de Luis María Vernet en 1829. Sin embargo, en 1833 el Reino Unido usó la fuerza para ocuparlas ilegalmente, un despojo que jamás aceptamos ni aceptaremos.
A esto se suma un hecho indignante: el presidente que hoy gobierna la Argentina (Javier Milei) no solo ignora la causa Malvinas, sino que ha expresado admiración por Margaret Thatcher, la misma que ordenó hundir el ARA General Belgrano y masacrar a 323 compatriotas en un acto de guerra innecesario y cobarde. No se puede gobernar un país mientras se rinde pleitesía a quienes ensangrentaron nuestra historia. No se puede hablar de soberanía cuando se reverencia a quienes nos la arrebataron.
A los veteranos que regresaron con el peso de la guerra sobre sus espaldas y que durante décadas fueron ignorados y maltratados, a los que quedaron custodiando las islas con su sangre, a sus familias que llevan el duelo en la piel, a los que resisten el olvido: no están solos.
Las Malvinas fueron, son y serán argentinas. No por discurso, no por romanticismo patriótico, sino porque la historia, la geografía y la sangre derramada así lo demandan. Y mientras haya un argentino que se niegue a claudicar, Malvinas seguirá siendo una causa viva. Porque la patria no se vende, no se rinde, no se olvida.